Mi documental "A Fanatic By Choice"

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martes, 22 de abril de 2014

Le Passé

 Autopsia familiar
(crítica co-escrita con Soledad Velasco para La Mirada Indiscreta)

En cinco ocasiones diferentes, cinco personajes diferentes, deciden volver sobre sus pasos para tomar una decisión diferente. Se trata de una adolescente atribulada, un hombre atrapado en medio de un conflicto interfamiliar, una madre llena de incógnitas y una empleada inmigrante que está dispuesta a todo por mantener su (precaria) condición laboral. Detrás de todo ese enredo, Asghar Farhadi, ese genio que nos brindó una de los dramas familiares más humanos del cine contemporáneo con la brillante Nader y Simin: Una separación (2011), atando cabos y manejando a su antojo a los miembros de un melodrama digno de una telenovela de la tarde pero impregnado de tanto lenguaje cinematográfico que hasta parece un milagro.

Asghar Farhadi se dispone a involucrarnos en una trama de enredos, bien circular, con hilos tensados que aprietan, que agobian y marean. Nos lanza en el epicentro de un lavarropas en pleno centrifugado. El centro es ella, la mujer, la pachamama, la criadora de hijos, la salvadora, el eje de la familia, la que tiene la valentía para sobreponerse a las pérdidas. Marie, María, la Madre. A su alrededor, los hombres y los hijos, suyos y ajenos. Todos a su cargo, esperando algo de ella: que actúe bien, que reserve el hotel, que tenga moral, que sea paciente, que limpie. Y ella que cada vez se parece más a un león enjaulado pidiendo que la quieran pero siendo incapaz de dar un beso o una caricia. ¿En qué la convirtió la vida? Tan ocupada que es incapaz de dar afecto. De todas formas, no sólo a ella, sino a todos los personajes del film les cuesta querer o demostrar afecto. Todos están atrapados en esta red del presente que está demasiado remojada en pasado. Pero, ¿qué es el pasado? Aparece en forma de culpa, de remordimiento, de añoranza y sobre todo de malentendido. Porque finalmente lo que hace avanzar la trama en esta película -por eso decíamos antes que es una trama de enredos-, es el malentendido. Tal vez, uno de los grandes malentendidos que plantea la película es, justamente, ¿qué entendimos mal sobre qué es una familia? En este sentido, El Pasado retrata acertadamente un momento de crisis en una familia que no es “mamá, papá, nena, nene”, sino más bien mamás y papás que se suceden y hermanitos momentáneos, circunstanciales. Un anclaje real y necesario para un cine contemporáneo.

Pero, precisamente, volvamos sobre nuestros pasos. Esos cinco personajes mencionados al principio no son nada casual en una obra que precisamente lleva por nombre y por estigma El Pasado. Las sutilezas no le sientan bien a Farhadi, porque él prefiere tirarnos contra la cara el más crudo de los relatos con la simpleza y la contundencia de la vida misma. En El pasado no hay sutilezas. Esos cinco personajes están atrapados en una pesadilla sin resolver, de esas que existen realmente pero por lo general son demasiado intrincadas para creerlas posibles. Y no son los únicos atrapados allí: no hay ni un solo personaje del relativamente corto reparto (no más de siete personajes que llevan adelante toda la historia) que no sufra una incógnita. Y eso los hace retroceder, los mantiene dubitativos y estancados.

Y es en esta pesadilla donde se enreda también la verdad y la mentira, volviéndose ambas la misma cosa. Y ahí aparece el absurdo de las relaciones humanas que se basan en lo que uno cree que el otro dijo pero que finalmente no dijo, en causas con obvios efectos, que son, en realidad, subjetivos; en todo lo que termina pudriendo las relaciones, haciendo que den olor, que nos saquen las ganas de estar en el presente. Y justamente El Pasado habita tan intensamente el presente que aunque desde el título y desde el discurso de los personajes se quiera estar en el pasado, la realidad se impone y, tal como dice un postulado Hegeliano, “la prisión del presente sólo permite huídas ilusorias”.

Y la cosa no se queda ahí, porque son muchísimas las dudas que nos deja este melodrama francés. ¿En qué convirtió la vida a estos personajes? ¿El pasado es el motivador de un futuro incierto o es un presente no resuelto? ¿De qué somos capaces cuando nuestra vida no es más que una duda detrás de otra? Quizás sea una película bastante menos pulida y precisa que la anterior del director, pero allí está el iraní nuevamente, dejándonos una historia familiar casi perfectamente contada, grabada a fuego en nuestra mente por muchas horas, días y hasta semanas después del visionado. Farhadi pasó a ser el analista imprescindible de lo humano en el cine contemporáneo.

L'inconnu du lac

 ¿Qué buscas en la orilla?

El desconocido del lago es de esas películas que alguien no puede anticiparte con qué te vas a encontrar, y que siempre tienden a estar mal apreciadas por su apuesta estética en vez de por sus logros narrativos y plásticos. Es que, más allá de algunas decisiones sobre dónde poner la cámara por parte de Alain Guiraudie, la película está dotada de una exquisita puesta en escena acompasada por un ritmo que no todos podrán soportar: sin música, con planos larguísimos y conversaciones casi banales, que no hacen más que formar parte de un conjunto de elementos que componen una película que rebosa cine por cada uno de sus fotogramas.

Lo más notable es que Guiraudie logra una impronta propia dentro de un relato muy clásico, con elementos muy bien explotados como el suspense y la complicidad con el espectador, todo en medio de una historia sobre hombres que buscan complacer sus necesidades sexuales en un ambiente bellísimo pero a su vez desolador.

La decisión del espacio de una playa y un bosque como único escenario donde transcurre la historia no es menor, y quizás es el acierto más importante de esta película devenida en thriller romántico. Los personajes, de quienes nunca vemos nada más allá que sus aventuras veraniegas, no tienen escapatoria en ese juego de roles y levante: el lago es un límite de peligro y profundidad, con el que muchos gustan coquetear, y el bosque –ese Edén promiscuo donde vale todo menos una higiene respetable- se plantea como un monstruo oscuro que conoce todos los secretos de sus potenciales víctimas, donde la naturaleza llega a niveles de omnipotencia casi temerarios. Y quien domina ese escenario es Michel (impresionante en su papel Christophe Paou), personaje misterioso e hipnótico, que se roba las miradas de Franck (Pierre Deladonchamps) hasta el punto de la obsesión.

Y en ese juego de seducción y dominación sexual, una serie de otros personajes muy pintorescos pasan por cámara dotando de ritmo, sentimiento y hasta comicidad, un relato que se podría ver varias veces, más allá de su final esquivo y hasta casi embustero.

El desconocido del lago es una historia clásica, trabajada brillantemente por su director con todas las herramientas para el aprovechamiento de sus distintos componentes narrativos (los espacios desde donde se manejan y desenvuelven los personajes entre sí, como esa escena en que Franck se mete al agua por primera vez con su amante después de conocer la verdad sobre él) y estéticos (la oscuridad en las escenas clave está usada con una sutileza plausible) que dan como resultado una trama de suspenso y perversión tan perturbadora como disfrutable.

Her




Esos raros amores nuevos


Intensa película sobre las relaciones sociales trastocadas por ese condimento cada vez más polémico y ¿peligroso? que es el de la evolución tecnológica. Spike Jonze se pone muy fino con la cámara y con la formidable labor con los actores para brindar una historia tan desgarradora como tierna, pero a su vez reflexiva y muy apasionada.

Quizás estemos hablando de las mejores actuaciones de las respectivas carreras de Joaquin Phoenix y Scarlett Johansson, sobre todo esta última, que curiosamente sólo presta su voz (algo irónico, dado que su deslumbrante belleza es la que generalmente roba suspiros a los cinéfilos más acalorados). Phoenix, de una impresionante trayectoria, logra su papel definitivo con una ternura, inocencia y desorientación sentimental tan bien llevada a lo largo de las dos horas de metraje que resulta realmente gratificante el arco que construye su personaje, sobre todo si se tiene en cuenta que la mayoría de las escenas las encara él sólo guiado por una voz grabada.

Jonze nos pone en una primera persona casi inquietante, dejándonos vivir y percibir las cosas con la intensidad de Theodore, el personaje de Phoenix. Y con esta perspectiva la voz de Johansson nos resuena hasta el alma, entendiendo la hipnosis sentimental en la que cae ciego el protagonista.

Sin embargo, sería muy injusto para un film tan profundo dejarlo en una mera comedia romántica, ya que además hay toda una reflexión por parte del director y guionista respecto a cómo el crecimiento o avance de la tecnología atomiza nuestro alcance de relacionarnos directamente. Tema harto debatido entre especialistas en comunicación social, pero que en este caso está tratado con la delicadeza que este arte permite: los planos detalle, las texturas, los contraluces y la cadencia acompañada de la bellísima música de Arcade Fire (sobre todo el soundtrack The Moon Song, originalmente cantado por Karen-O pero durante la película interpretado por la misma Johansson), son uno de los tantos elementos de los que se sirve el particular realizador.

Y si bien el gag conceptual (un hombre enamorado de un sistema operativo) se agota hacia la mitad de la película, en la que quizás podía ser una gran idea para un cortometraje, y Jonze hace lo posible por reafirmar su condición (aparecen otras personas que se relacionan amorosamente con los “S.O.”, y hasta hay parejas “reales” que aceptan hacer citas dobles con estas otras extrañas parejas), en el proceso se permite una reflexión no sólo sobre el amor en este extraño contexto futurista –aunque no muy lejano, si lo pensamos bien- sino también de la belleza misma. Es que Jonze pone frente a Phoenix a varias de las más bellas actrices de Hollywood hoy en día (Rooney Mara, Olivia Wilde, Amy Adams) pero es la voz de la despampanante Johansson (y hasta la voz de Kristen Wiig en una escena híper sensual así como también muy hilarante) quien nos embelesa, nos entusiasma, nos enternece y nos deprime, en una de esas inexplicables montañas rusas de emociones a los que ya nos tiene acostumbrados a someternos el director de las geniales Being John Malkovich y Where the Wild Things Are.

Nebraska


 Las preguntas del millón

Alexander Payne es uno de los tipos mimados de Hollywood hoy en día. Película que hace termina nominada al Oscar, gana alguno, le va muy bien en la taquilla, y los actores se pelean para trabajar con él. En esta última película suya pareciera como si, siguiendo en esa línea de hijo pródigo, dejara todo eso de lado para buscar una nueva estética y una nueva cara para contar básicamente lo mismo de siempre: un tipo atribulado, que necesita cambiar de aire para reencontrarse a sí mismo. Lo hizo con About Schmidt (¿es muy ambicioso decir que es la mejor actuación de la carrera de Jack Nicholson?) y con The Descendants (¿es muy arriesgado decir que es… la mejor actuación de la carrera de George Clooney?), y ahora lo vuelve a hacer con Nebraska (acá sí es muy jugado decir que es la mejor actuación de la carrera de Bruce Dern, pero… ¡quizás lo sea!). Pero, ojo, no es una fórmula repetida hasta el hartazgo: ¡a Payne le sale bien! Y cuando algo sale bien, hay que explotarlo con todo, siempre y cuando, y sólo siempre y cuando sea con diferentes formas de contarlo.

Nebraska es una alternativa a la filmografía de Payne. En un blanco y negro realmente no muy justificado pero que apoya muchísimo la parsimonia de un relato casi estéril de sentimientos con la cámara, y que contrasta a la perfección con la nula cantidad de matices por parte de los personajes, la película pasea (nunca mejor dicho) por un feedback magistral por parte de Dern y Will Forte. La relación padre-hijo es el centro de la narración, a partir de la cual se desata una serie de situaciones extremadamente cómicas, pero a la vez muy tristes. Payne logra algo muy difícil: filmar la ignorancia, y con esto, explicar la inocencia. La inocencia de un señor de tercera edad, senil y casi devastado por el alcoholismo, y un principio de Alzheimer que le devora los recuerdos con la misma facilidad que la monumental ingesta de cerveza diaria lo hace con su hígado, personificado formidablemente por Dern, quien logra crear un monstruo adorable del que cuesta no compadecerse.

Nebraska es ese camino final, no sólo del recorrido de los personajes, que deben ir a ese estado para retirar un supuesto premio valuado en un millón de dólares con el que fue engañado el viejo Woody Grant (Dern), sino también como metáfora del final de la vida. El premio traza un paralelismo contundente sobre los “gustos” que nos podemos llegar a dar a modo de aspiraciones en la vida, aun así ya no sean de ningún tipo de utilidad. Y también, para aquellos que una vez llegados a la meta se encuentran con la desilusión de que la vida no les tenía preparado un premio, están los consuelos. Allí asoma la familia como tesis final de Payne y el guionista Bob Nelson, ese inestable pero recurrente abrazo reparador que sirve como el mejor motor para intentar llegar a esa línea final.

Nuevamente tenemos la trama básica payneana (?): un hombre que arrastra a su familia en un viaje interior, que se exterioriza con la partida a otras tierras para buscar algo. Con About Schmidt, el personaje de Nicholson buscaba algo más filosófico y espiritual, y eso le terminó costando la partida de su esposa, mientras que con The Descendants todo era más terrenal y simple, pero no por eso menos profundo, con la pérdida de la figura sabia femenina también como detonante. En ambas películas hay una crisis, como en la genial Sideways (2004), donde los dos protagonistas van en dos direcciones opuestas pero también buscan ese “algo” teniendo que ir a un lugar puntual los dos juntos.

Así, Payne ya se perfila como tal vez el mejor director de road movies existenciales del cine contemporáneo, y si bien Nebraska es una nota discordante en cuanto a estética, no lo es en cuanto a la narrativa, con un trabajo excelente con los actores (June Squibb se roba las escenas en que aparece) y diálogos muy elaborados en cuanto al uso del timing. Los personajes de Payne son buscadores de tesoros que antes no pudieron encontrar en sus vidas y deben salir a buscar llevando todo su bagaje con ellos, todas sus cosas, recuerdos y deudas. Y nosotros somos los acompañantes privilegiados, una vez más.

 

La Grande Belleza


Los cansados de estar cansados


No es fácil filmar lo no-bello, y más cuando lo que contamos con la cámara es la constante búsqueda de la belleza, de lo bello. ¿Y qué es lo bello? Para el particular personaje Jep Gambardella, la belleza consiste en una caminata por Roma a la madrugada, tras una noche de juerga, alcohol y cocaína, y por qué no alguna señora que haya conocido en ese constante patear de la pintoresca ciudad capital italiana.

Paolo Sorrentino, quizás uno de los realizadores más destacados de Italia en la actualidad, con obras como Il Divo (2008) o Le conseguenze dell’amore (2004), repite el trabajo con su actor fetiche –el multipremiado Toni Servillo- tras haber dirigido en Estados Unidos la extraña This Must Be The Place (2011), con Sean Penn en un no muy convincente protagónico. El resultado de tantos años trabajando junto a un actor tan versátil y particular como Servillo es haber logrado uno de los personajes más memorables que haya dado el cine recientemente.

Jep Gambardella acapara la atención en todo momento, no solo porque la mirada de Servillo y su expresión altanera son hipnóticas y hacen que la cámara lo persiga casi intuitivamente, sino también en la acción misma: el comienzo de la película es el cumpleaños de Jep en una suerte de aquelarre visual donde él es el diablo, y donde el descontrol total es el único reglamento para formar parte.

Sorrentino filma la decadencia del snobismo, la contracultura de la no-cultura, esa búsqueda de un mundo que escupe todo lo mundano de una forma elocuente, y lo hace metiéndonos a nosotros en una sucesión de secuencias con diálogos banales y vacíos, pero que en el fondo retratan de forma crítica el tiempo de una sociedad. Además, a través de Gambardella, Sorrentino nos permite colarnos en las mejores fiestas de esa sub-trama sociocultural romana, para que veamos nosotros mismos los demonios que invaden ese ir y venir en la búsqueda de… algo. Y esa búsqueda es lo que define a cada personaje, con sus nostalgias, inseguridades, fantasmas, perdiciones y atributos. Cada personaje de la película está perfectamente pensado para un rol en el que el espectador es “paseado” por ese entramado laberíntico del sinsabor de la vida: los duques que, olvidando el orgullo de su estirpe, aceptan hacerse pasar por otra familia; el eterno escritor de teatro en busca de una musa y una verdad; muchos artistas con diferentes formas de expresar sus incontinencias de diversas y abstractas formas; los que se quedaron en la misma durante décadas; los que no se van porque simplemente se quedaron; y Gambardella como el capitán de ese bizarro barco.

Y la mejor forma de conocer ese contexto es cuando Sorrentino nos permite ver los lugares y obras icónicas de la Roma actual, que vive como si dependiera exclusivamente de su pasado de civilización-potencia, pero ahora sumida en una tranquilidad que solo la noche puede disimular, con sus silencios y su penumbra. Penumbra sólo invadida por el constante repiqueteo de los bailes en las fiestas organizadas por Gambardella, con sus “trencitos que no van a ninguna parte” y una avalancha de reflexiones salidas de varias esnifadas de coca y muchos cócteles en el medio. Roma descansa, mientras otros descansan de la vida que les da Roma.

Philomena



Existir a través de la imagen


Philomena no es una obra menor, a pesar de que a simple vista sí lo parezca. Es un típico drama inspirado en hechos reales, bastante inofensivo pero muy bien contado por su director, el gran Stephen Frears (The Grifters, High Fidelity, The Queen, entre otras), quien también se apoya en un excelente montaje, una hermosa banda sonora a cargo de Alexandre Desplat, y una monumental actuación de Judi Dench, estos dos últimos nominados al Oscar por sus trabajos.

Cuando hay tantos elementos bien desarrollados, difícilmente el resultado final sea malo. Con esta película pasa que cuesta entrar en la historia, por un comienzo muy lento, ya que lo más valioso está a partir de la mitad, cuando los dos protagonistas logran una conexión. Y en esto último cabe remarcar también el trabajo de Steve Coogan, quien además produjo y coescribió la adaptación a la pantalla del libro en que se basa la historia. A pesar de quedar opacado por la actuación de Dench, Coogan logra un papel muy convincente que transmite muy bien las diferencias de personalidad entre ambos personajes.

Quizás lo que está demás en la historia es la excesiva cantidad de referencias a la “ignorancia” del personaje de Dench, quien encarna a una amigable anciana que se encuentra perdida por el misterio del paradero de su primer hijo, el que le fue arrebatado cuando ella era joven. Philomena tiene algunas escenas que deslumbran por la claridad con la que encara los hechos, y otras en que luce como una mujer completamente desorientada e incapaz de seguir adelante, algo que va a contramano de la fortaleza con la que siempre se planta ante las situaciones (sobre todo en el desenlace de la historia). Las constantes discusiones con el personaje de Coogan –un periodista venido a menos por un conflicto en su anterior trabajo como asesor del gobierno-, si bien nutren la química necesaria para que la trama fluya, por momentos peca de demasiado dispar y atenúa demasiado las diferencias culturales de ambos.

Dicho esto, la película funciona excelentemente como una crítica a las formas de operar de la iglesia católica, el periodismo y el conservador partido republicano de Estados Unidos. Esta última bajada de línea política no es más que un factor que respeta los hechos que realmente ocurrieron en los noventa y son mencionados en el libro del periodista Martin Sixsmith (el personaje de Coogan) en el que se basó el guion, y no tanto como una visión del realizador. De hecho, la denuncia más fuerte que hace la película es el tráfico de bebés en los conventos, no sólo de Irlanda -como pasa en la película- sino en muchas otras partes del mundo.

Pero lo que más se agradece del film, además del papel de Dench, es el ya mencionado montaje. Si la historia no hubiera sido montada de esta manera, sería una película insoportable de ver. La ruptura de la línea narrativa para intercalar imágenes de la vida del hijo de Philomena (que hacia el final nos enteramos de dónde vienen, con una conmovedora escena) es un acierto total desde el guion hasta la edición de esas imágenes en 16mm y 8mm.

No es una película gigantesca, ni es la mejor de Frears, pero se deja ver por el ritmo que va tomando conforme avanza la trama y, por supuesto, gracias a una impresionante actuación de Judi Dench, quien se roba todas las escenas en que está. Las imágenes con las que se reconstruye el personaje buscado además sirven como reflexión sobre las revelaciones del ser humano en su encuentro con lo que hay en la pantalla: la cámara –tanto de foto como de video- es al fin y al cabo nuestro boleto a un viaje en el tiempo, un instrumento de inmortalidad.

sábado, 11 de enero de 2014

The Secret Life of Walter Mitty


Título: The Secret Life of Walter Mitty
Dirección: Ben Stiller
Guión: Steve Conrad, James Thurber (cuento corto)
Género: Aventura, Comedia, Drama
Duración: 114 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Ben Stiller, Kristen Wiig, Sean Penn, Shriley MacLaine, Adam Scott, Patton Oswald, etc


La imaginación como mapa


Tuvimos que esperar cinco años, desde la genial Tropic Thunder (2008), para volver a saber de Ben Stiller detrás de una cámara. Y valió la espera. El creador de Zoolander (2001) vuelve con una película que está completamente por fuera de su impronta habitual, con mucho más cuidado de la imagen y otros aspectos más artísticos que narrativos, siendo más cuidadoso con dónde plantar la cámara antes que cuándo colocar el gag perfecto.

Aunque no sea lo más notable, Stiller es un laburante incansable del drama. Sus películas, si bien la mayoría cómicas, son en realidad retratos de seres muy dispares que, escondidos en la caricatura y la sátira social, tienen algo que gritarle al mundo porque necesitan ser comprendidos. Y allí está él siempre poniéndole la cara a esos personajes. Sin contar sus dos primeras películas de mediados de los 90, Reality Bites (acá bien titulada Generación X) y The Cable Guy (esa en que Jim Carrey se luce cantando Somebody to Love de los Jefferson Airplane), Stiller siempre protagonizó papeles de hombres venidos a menos que necesitan un empujón para salir adelante y dar un giro de 180º a sus vidas: El actor exitoso pero con pocas luces, Tugg Speedman, y el memorable modelo descerebrado Derek Zoolander, ambos tipos que supieron ver la cumbre de la montaña y ahora se encuentran cuesta abajo, pero encuentran la forma de alcanzar el pico una vez más gracias a quienes los rodean.

Pero ahora, con todo lo excelente que es, eso queda atrás y Stiller opta por dar vuelta la fórmula, adaptando a nuestros tiempos un cuento de James Thurber ya llevado al cine en 1947, con un tono muy particular tirado más a un ritmo cadencioso, dándole lugar a las imágenes de paisajes bellísimamente fotografiados y una banda sonora simplemente brillante por parte del talentoso José González (aunque todos los aplausos se los lleva la canción de Of Monsters and Men, Dirty Paws).

En la película conocemos a Walter Mitty, un tipo gris e insípido que nunca se salió de los estándares, pero experimenta pequeños momentos de abstracción en los que se deja llevar por la fantasía e imagina situaciones exageradas donde es directamente otra persona que hace todo lo que a él le gustaría hacer. Psicología aparte, el protagonista se encuentra con una dificultad laboral que lo pone a prueba y obliga a salir a enfrentar la situación, no sólo para asombrar a su nueva compañera de trabajo (una Kristine Wiig bellísimamente filmada por Stiller) sino también para asombrarse a sí mismo, en un viaje interno que lo lleva a su juventud y lo conecta de a poco con las cosas que realmente quiere.

En The Secret Life…, además de la fotografía y la música, se destaca un reparto muy variado y plagado de pesos-pesado: Shirley MacLaine, que hace un papel adorable como la madre de Walter, y Sean Pean, que tiene una escena particular donde pone el listón muy alto para la emotividad en el desenlace. Ambos personajes, que nunca comparten pantalla pero de alguna forma que no diremos están conectados, son bisagra para que la historia en general funcione y genere la emoción que genera.

Quizás un poco tirado a la sensiblería, pero siempre medido y resguardado en un gran logro artístico con la cámara, Stiller cuenta una historia de superación más en su carrera, pero esta vez de forma inusual y sin necesidad de poner en pantalla a un personaje con un ego desmesurado y pretender que el público se parta de risa. Al contrario, esta vez hace tan normal al personaje que es imposible que en algún momento de la trama no nos identifiquemos con Walter o con alguna de sus fantasías, así como también esos extraños mensajes que se imprimen en los lugares más insólitos, ya sea para sacarnos de la mente del siempre presente protagonista o para dejarnos alguna enseñanza de esas que sólo el buen cine sabe dar.

La Vie d'Adèle


Título: La Vie d'Adèle
Dirección: Abdellatif Kechiche
Guión: Abdellatif Kechiche, Ghalia Lacroix y Julie Maroh (novela gráfica)
Género: Drama, Romance
Duración: 179 minutos
Orígen: Francia, Bélgica, España
Año: 2013
Reparto: Léa Seydoux, Adèle Exarchopoulos, Salim Kechiouche, etc

"El orgasmo precede la esencia"


La Vie d’Adele – Chapitres 1 et 2 es, claramente, la película más polémica del 2013. Pero, ¿por qué dejar que la polémica pase por encima del arte que derrama en cada fotograma esta gran obra de Abdellatif Kechiche? Los que quieran hablar de las escenas de sexo explícito, que lo hagan. Los que quieran hablar de cómo el director exprimió a sus actrices hasta el hartazgo y el desgano en el rodaje, o los entredichos en cuanto medio aparecieron, adelante. Allá ellos y su corta visión para recordar una película pura, directa y contundente. Los demás tendremos en nuestra memoria una de las películas románticas más tiernas, conmovedoras y realistas que ha dado el séptimo arte en los últimos años.

Kechiche se apropia de la novela gráfica de Julie Maroh, El azul es un color cálido, para dar su propia visión no sólo de lo femenino, sino del arte en general. El guión está excelentemente bien cuidado, y la historia está tan bien contada que no le sobra ninguno de sus casi 175 minutos de duración (sí, casi 3 horas). En ese espacio temporal tenemos trazada la evolución de un personaje impactante, personificado por la bellísima y talentosa Adele Exarchopoulos, que hace un trabajo descomunal a lo largo de toda la película… su película. Porque, si bien Lea Seydoux también brilla con luz propia (¡la escena de su aparición en el bar es increíble!), Adele se lleva todos los elogios por sostener un papel muy complicado, con muchos picos dramáticos y mucha exigencia física. Pero en fin, eso es la vida misma, por eso Kechiche le cambió el título a la historia y la resignificó en esta obra tan profunda.

Para no extenderse más, simplemente cabe destacar uno de los tantos momentos geniales que tiene la película, plagada de escenas simbólicas, que sirven como explicación o contestación a aquellos –incluyendo a la autora de la novela original- que denuncian que el film tiene una “mirada masculina” y está dirigida al público masculino. En una escena en particular, en la que Emma (Seydoux) ofrece una fiesta para celebrar una exposición con sus amigos, mientras Adele atiende a todos con una delicadeza y dedicación loables, se abre la discusión sobre la diferencia entre el placer masculino y el femenino. Allí, uno de los personajes, el único varón entre un pequeño círculo de mujeres, sostiene que estas experimentan mucho más los placeres de la vida, sobre todo el orgasmo, siendo el de los hombres limitado y el de las mujeres místico. Kechiche justifica su adaptación brillantemente, hablando a través de este pasaje del guión:
En la medida que soy un hombre, todo lo que miro es frustrante, por los límites de la sexualidad masculina,” dice el personaje mientras sus amigas alrededor devoran el spaghetti, incluso quitándoselo a él de su plato. “Desde que las mujeres son pintadas en los cuadros se ve su éxtasis más que el del hombre, que muestra el suyo a través de la mujer. Vemos a las mujeres bañarse, las vemos…” y es interrumpido por una amiga que dice “L’origine du monde” (El origen del mundo), casi en un gemido mientras chupa la salsa que se derramó en la mano. “Los hombres intentan mostrarlo desesperadamente, lo que significa que lo vieron” continúa el personaje, casi indiferente. Las amigas a su alrededor, todavía sumidas en su cena, cotejan la idea de que quizás los hombres imaginaron, desearon o apenas fantasearon con eso, a lo que el artista finalmente concluye: “Miren en sus ojos esa mirada a otro mundo. El arte de las mujeres nunca refleja el placer de las mujeres.”

En resumen, cada uno de los planos y las escenas de La Vie d’Adele no pudieron haber sido filmadas mejor que como fueron hechas. Kechiche es un genio, y Adele su musa.


Pawn Shop Chronicles

Título: Pawn Shop Chronicles
Dirección: Wayne Kramer
Guión: Adam Minarovich
Género: Comedia, Crimen, Drama
Duración: 112 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Paul Walker, Matt Dilon, Brendan Fraser, Norman Reedus, Elijah Wood, etc


Despedida disparatada


Después de una extensa carrera que comenzó en una película de terror llamada Un monstruo en el armario (1986, Bob Dahlin), Paul Walker vio el final del recorrido en un trágico accidente automovilístico el pasado 30 de noviembre en Valencia, California. Aunque todavía quedan por estrenarse tres películas más con su participación (Hours, de Eric Heisserer, Fast & Furious 7, de James Wan, y Brick Mansions, de Camille Delamarre), el nuevo opus del sudafricano Wayne Kramer fue el último estreno que pudo vivenciar Walker. Pawn Shop Chronicles (2013) marca la segunda participación de Walker con Kramer, siendo la anterior la más que recomendable Running Scared (2006).

En esta nueva película, todavía no estrenada en nuestro país, tenemos una historia al estilo Pulp Fiction con reparto coral, pero centrada en un pueblito bastante endemoniado del sur de Estados Unidos, con mucho acento de la zona y un tono muy cómico. La referencia a Tarantino es notable, pero en este caso el producto se queda a medio camino por una serie de gags mal logrados y cierta previsibilidad en la trama principal: un hombre que retoma la búsqueda de su esposa, desaparecida hace seis años, al llegar al pueblo y encontrar el anillo de bodas en una casa de empeño. Este local es el hilo conductor de toda la historia, así como los objetos que se venden ahí.

El papel de Paul Walker es algo atípico en su carrera, trabajando físicamente de una forma que nunca se lo vio hacer, deformando sus expresiones para personificar a un redneck drogadicto que planea una disparatada forma de robar a su dealer junto a su colega de andanzas. Los momentos cómicos más notables de la película se dan con esta dupla, junto con el acto dedicado al personaje de Brendan Fraser, un imitador barato de Elvis Presley que llega al pueblo para un show tributo. Walker se lleva algunas partes destacadas, como cuando se plantea por qué hay que odiar a los judíos y los negros (él y su amigo pertenecen a un grupo que pregona la supremacía aria) de una forma muy infantil, o cuando están en medio de un ‘apriete’ con un drogón que les robó dinero.

Si bien todo el tiempo la película maneja un tono irónico muy entretenido (como la patente que maneja el personaje de Fraser), la trama se torna muy oscura para cuando el papel de Matt Dilon toma relevancia, y la película se convierte en una suerte de mezcla entre Sin City (la referencia quizás se hace obvia por el personaje de Elijah Wood) y la ya citada Pulp Fiction, solo que con una impronta propia y movimientos de cámara que de tan estilizados hasta molestan. Si los efectismos en el guión funcionan o no, depende de cómo se encare el visionado: como comedia negra que no se toma en serio funcionan muy bien, pero como película de acción dejan mucho que desear.

Walker, por su parte, se despide de la pantalla vestido para el robo planificado durante el comienzo de la película, con una máscara de payaso bastante tétrica, que termina a los pies del Elvis que se baja del escenario tras dar su show homenaje en la feria del condado. ¿Cómo llega ahí? Vean la película, y de paso ven a un Walker inusual compartir pantalla con un montón de grosos que se divierten notablemente mientras hacen esta rara película. Algo así como una despedida ideal para un actor que dejó el mundo en su ley.

Kon-Tiki

Título: Kon-Tiki
Dirección:Joachim Rønning y Espen Sandberg
Guión: Petter Skavlan, Allan Scott
Género: Aventura, Historia
Duración: 118 minutos
Orígen: Noruega, Reino Unido, Dinamarca, Suecia, Alemania
Año: 2012
Reparto: Pål Sverre Hagen, Anders Baasmo Christiansen, Gustaf Skarsgård


El viaje interior

 

La noruega Kon-Tiki (2012) es la tercera película de la dupla confrmada por Joachim Rønning y Espen Sandberg, dos versátiles directores que hasta ahora no se han repetido en ninguno de sus productos, y esta vez apuestan por una película más imponente desde la puesta en escena, pero más intimista desde lo narrativo.

El film narra la expedición liderada por el explorador Thor Heyerdahl, quien en 1947 intentó probar que los indígenas sudamericanos fueron capaces de establecerse en la Polinesia cruzando el Océano Pacífico en balsas, saliendo desde las costas de Perú 1500 antes que la expedición de Colón, contrario a las creencias que incluso hasta hoy persisten. Con esa premisa, y sin salirse casi nunca de ella, Rønning y Sandberg filman con una belleza asombrosa el viaje de Heyerdahl, pero a su vez lo describen como el hombre egocéntrico y decidido que fue en su momento, dedicándole momentos en los que el actor Pål Sverre Valheim Hagen se luce con los silencios y las miradas. Lo curioso es que en la realidad el explorador le tenía fobia al agua, y en la película eso está plasmado desde recursos muy sutiles, sin caer en obviedades.

En líneas generales, la película tiene esa virtud con la mayoría de sus recursos narrativos. Tranquilamente se pudo caer en un relato épico vendible a todo público pochoclero que guste de las historias “feelgood”, pero la dupla de realizadores noruegos optó por un relato más crudo, contado desde la perspectiva del protagonista sin detenerse demasiado en las emociones y otros latiguillos más propios de la industria hollywoodense. No obstante, a veces visualmente se recae en cierta belleza en exceso que le quita realismo a la propuesta.

Se puede decir que la trama es bastante llana, y que los diálogos no están muy trabajados. Incluso algunas situaciones son bastante forzadas para dar vida al guion y diferenciarse del multi-premiado documental del mismo título, que en 1951 incluso ganó el Oscar. La primera parte de la historia precisamente reconstruye el intento de Heyerdahl por conseguir la financiación para su viaje, y su encuentro paulatino con los que después serían sus acompañantes en el inolvidable periplo. La película está notablemente dividida en dos partes, con la primera ya mencionada y la segunda ese viaje imponente a mar abierto, filmado por momentos de una forma en que no se sabe cómo continuará la trama y cómo sostendrán un hilo narrativo con tan poco por contar. ¿Habrán ocurrido realmente esos contratiempos y obstáculos que debió sortear el grupo, o es sólo un gancho para hacer fluida la historia? No sabemos, pero al menos en la película funcionan y se agradecen, junto con algunas tomas bellísimas construidas con un gran desempeño digital.

Y precisamente lo que se destaca de esta ficción es como los directores hacen énfasis en la naturaleza que acompañó a Heyerdahl y sus cinco particulares acompañantes, construyendo además escenas maravillosas como un memorable travelling falso que empieza desde el grupo recostado en la superficie de la balsa y termina en la estratósfera, filmando el sol saliente sobre la silueta del planeta. Recursos técnicos no les faltan, y el aprovechamiento está a la altura para brindar una experiencia cinematográfica disfrutable desde lo visual y lo histórico.


viernes, 4 de octubre de 2013

Elysium

Título: Elysium
Dirección: Mark Blomkamp
Guión: Mark Blomkamp
Género: Acción, Drama, Ciencia Ficción
Duración: 109 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Matt Damon, Jodie Foster, Shartlo Copley, Diego Luna, Wagner Moura, Alice Braga


Inmigrantes del paraíso

 

El director sudafricano que nos soprendió a todos con la poética y abrumadora District 9 en el 2009, vuelve con un drama futurista que vuelve a hacer hincapié en las desigualdades sociales, esta vez poniendo foco en una crítica severa a las políticas inmigratorias y el sistema de salud de los Estados Unidos (llevadas a una perspectiva macro) y la lucha de clases. 

Blomkamp logra una puesta en escena impactante e imponente, apoyada nuevamente por un despliegue técnico casi perfecto, con efectos especiales alucinantes y una fotografía preciosa del caos. A pesar de que a veces cae un poco en la repetición estética de ciertos escenarios similares a aquel gueto alienígena en su ópera prima, ahora logra componer una Los Angeles en 2159 devastada por la contaminación y el hacinamiento. Realmente vale la pena abstraerse del relato (si es eso posible, con lo fuerte que es en cuanto a peso narrativo y calidad de armado) por unos momentos y apreciar la forma en que el realizador y su equipo llenaron las colinas angelinas de todo lo que necesitaban para dar credibilidad a la idea visual. 

Las actuaciones son todas excelentes, algo no muy común en este tipo de propuestas. En este caso, quizás Blomkamp cae en un guión más esquemático y propicio a caer en los vicios del género, pero eso no le impide preocuparse por la tridimensionalidad de los personajes, mediante una gran dirección del reparto. Matt Damon, como siempre, está genial, pero también se destacan las actuaciones de Wagner Moura y un casi irreconocible Sharlto Copley, que como en District 9 (película que lo tuvo como protagonista) logra una transformación física asombrosa y compone un villano de múltiples fácetas realmente espeluznante, aunque de a ratos un poco excesivo. Diego Luna y Jodie Foster cierran un círculo muy correcto de actuaciones que realmente hacen muy amena la historia. 

Si la ciencia ficción no estaría tan preocupada por los efectismos y el ruido audiovisual hoy en día, saldrían obras como esta. Blomkamp pone el listón muy alto, porque a su relato futurista -apocalíptico, si se quiere- le agrega la crítica social que ya se está volviendo marca registrada de la casa. En esta caso traza los hemisferios actuales (norte y sur) como una distancia espacial en donde el paraíso Elysium -donde se mudan los ricos para escapar de una Tierra devastada por la humanidad- orbita en torno al planeta solo habitado por los marginados, los pobres y, sí, los latinos. 
Pero, ojo, que esta no es una mirada discriminatoria típica de Hollywood y su ombliguismo, sino más bien es el ojo reprobatorio de un director que así como en su primera obra hizo una metáfora genial del apartheid, esta vez nos vuelve a decir que los males particulares de una potencia económica en el futuro se globalizarán junto con el inevitable -y patético (se puede resetear un gobierno como a una computadora)- avance tecnológico. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

This Is The End

Título: This Is The End
Dirección: Seth Rogen y Evan Goldberg
Guión: Seth Rogen, Evan Goldberg y Jason Stone
Género:Comedia
Duración: 107 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Seth Rogen, Jay Baruchel, Jonah Hill, James Franco, Craig Robinson, Danny McBride, etc 

Todos los comediantes van al cielo


Si de buenos guionistas comediantes vamos a hablar, es imposible no mencionar a la dupla conformada por Seth Rogen y Evan Goldberg, creadores de dos gemas como Superbad (2007) y Pineapple Express (2008), que ahora debutan en la dirección con la desmadrada pero divertidísima This Is The End. Esta película se basa en la auto-parodia y en la incorrección política, típica de las anteriores obras ideadas por el dúo en cuestión, para llevar adelante una historia apocalíptica y llena de palos a Hollywood.

Lo mejor y más novedoso del filme es tener a Seth Rogen, James Franco y Jonah Hill haciendo de ellos mismos junto con el resto de estrellas, muchas de las cuales actúan sus propias "muertes" en un desmadre total filmado con gran pulso y ritmo por parte de Goldberg y Rogen. La inverosimilitud de la propuesta hace aún más atractivo este juego de roles y auto-crítica, agregando además la burla al afan tremendista que tomó Hollywood en los últimos años con sus tramas del fin del mundo, y a la autosuficiencia academicista en la que están sumidos muchos de los que forman parte de ese ambicioso star system. 

Así, tenemos momentos deliciosos como Hill hablándole a Dios en una plegaria que comienza con "aquí Jonah Hill, de Moneyball"; Danny McBride criticando la credibilidad de un relato a Franco y Hill, siendo que "son nominados a un Oscar"; o un paparazzi diciéndole a Rogen "siempre hacés los mismos papeles en todas tus películas"; y un largo etcétera.
El in crescendo dramático va en un balance perfecto con el histrionismo de los actores-personajes y la comicidad todo el tiempo tiene lugar. Eso pone las reglas del juego en un punto que escapa totalmente a las posibilidades de tomarse en serio la trama, pero esa estupidez a conciencia es totalmente aceptada una vez que se logra el clima y uno se mete de lleno en lo que sucede en pantalla. 

Además, Rogen y Goldberg no juegan a los directores, sino que se toman muy en serio los tiempos y el tono. De hecho, la mayor parte del tiempo en la película transcurre dentro de la supuesta mansión de James Franco, con un minimalismo y una claustrofobia muy bien trabajada y fotografiada. Todos los chistes son eficientes en ese contexto, y recién cuando los protagonistas salen al exterior se enfrentan con el momento más flojo de la historia. 
No obstante, si bien esa secuencia no es la más lúcida, todo se corona con un brillante final con músicos de la era pop noventosa incluidos. Sin dudas un cierre disparatadísimo y a la altura de lo que se podía esperar: pura clase de comedia por parte de la dupla de directores. 

Para los nostálgicos, vale apuntar el encuentro de los actores de Superbad, sólo con un chiste momentáneo pero muy bien llevado, así como también las constantes aluciones a Pineapple Express, incluyendo una recreación actuada y todo. Un disfrute total, distintivo de la casa.


sábado, 14 de septiembre de 2013

The Incredible Burt Wonderstone


Título: The Incredible Burt Wonderstone
Dirección: Don Scardino
Guión: John Francis Daley, Jonathan M. Goldstein y Chad Kultgen (historia)
Género: Comedia
Duración: 100 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Steve Carell, Steve Buscemi, Jim Carrey, Olivia Wilde, Alan Arkin, James Gandolfini


No es otra tonta película de magos

El arte de entretener está cambiando, como su público. Esa es la premisa inicial de la que se agarra el correcto guión de Goldstein y Daley para armar una película cómica como Dios manda, donde los actores se divierten y nos hacen divertir. The Incredible Burt Wonderstone no es una genialidad, pero su intención de mostrarnos constantemente el artificio de forma amigable, invitándonos a participar de la ceremonia mágica (que no es más que el entretenimiento en sí, en busca del factor sorpresa), la hace una película tan querible como la historia que cuenta.

El regreso a la pantalla de Steve Carell y Jim Carrey juntos desde Bruce Allmighty (2003), a pesar de que no comparten muchas escenas, es digno del visionado. Puede incluso parecer un poco desaprovechada la fórmula, pero realmente la historia no necesita de esa química, aunque no lo crean. Si a eso le agregamos el discreto pero hilarante aporte de Steve Buscemi, la belleza y soltura de Olivia Wilde, y el bonus nostálgico que nos trae ver a James Gandolfini en una de sus últimas actuaciones antes de morir, la propuesta sólo se pone mejor. 

No esperen una gran película, pero sí varios momentos muy cómicos, sobre todo cuando Carell, aunque le cuesta, hace gala de ese histrionismo disparatado suyo tan característico. En paralelo, Carrey también vuelve a su humor más corporal y ofrece una actuación genial, haciéndose extrañar cuando no está en pantalla. El contrapunto lo pone Alan Arkin y una extraña participación, aunque tiene un gag mortuorio que vale toda la película. 

Una historia muy bien contada, sin pretensiones y que además es sincera con el público y consigo misma, sin tomarse demasiado en serio, pero haciéndolo lo suficiente como para darle fuerza al relato. The Incredible Burt Wonderstone es de esas comedias que pasarán desapercibidas pero aquellos que se topen con ella se podrán jactar de un par de risas bien logradas por el no tan conocido Don Scardino, quien resuelve todo con una incorrección política muy bien disfrazada. Como los trucos de los magos en pantalla.


jueves, 15 de agosto de 2013

Los Dueños


Título: Los Dueños
Dirección: Ezequiel Radusky, Agustín Toscano
Guión: Ezequiel Radusky, Agustín Toscano
Género: Comedia
Duración: 95 minutos
Orígen: Argentina
Año: 2013
Reparto:  Rosario Blefari, Germán de Silva, Sergio Prina y Cynthia Avellaneda


De la propiedad y otros yeites

Texto originalmente publicado en La Mirada Indiscreta

Ezequiel Radusky y Agustín Toscano, que debutan como directores con su ópera prima Los Dueños, están por ingresar a la sala con sus colegas para la proyección especial que se hace por el Día del Director Audiovisual en el Arteplex Belgrano, cuando el encargado de cortar los boletos los retiene y no los deja pasar. “Sin entrada, me tienen que avisar cuáles son los invitados”, les dice. Ellos dos son los únicos sin una entrada (que encima era libre y gratuita, sólo había que conseguirla en boletería), por lo que el resto empieza a pasar mientras el dúo tucumano se parte de la risa por la situación: en su día, para el estreno de su película, no les permiten el acceso. “Esto es buenísimo, no podemos pasar,” se ríe Radusky y se va a buscar entradas. “Está bien –dice entre risas Toscano – ellos están haciendo su trabajo, a ver si llegan a aparecer dos impostores de Ezequiel y Agustín y hablan por nosotros.”

Así de divertida es la dupla de directores de Los Dueños, película que tiene en sus 95 minutos impresa a la perfección este tipo de humor: distendido, algo frío, otro poco polémico y, principalmente, con una tonada tucumana bien marcada. Lo mejor que tienen los dos directores es la forma en la que piensan distinto. Tras la proyección, se abrió una instancia de diálogo con el público y casi nunca coincidían en la forma de ver a los personajes, la temática de la película, e incluso hasta en lo que se quiso mostrar. Sin embargo, el resultado es notorio.

Los Dueños es una muestra de como se puede hacer una película con un arraigo regional sin caer en barreras de incomprensión o alusiones muy cerradas. La historia se desarrolla en un marco campestre de Tucumán y sin embargo cualquier público puede entender lo que sucede, porque está narrado desde el lenguaje más universal: el humano. De hecho, la película recibió la Mención Especial en la Semain de la Critique este año en Cannes, lo que confirma esto último.

En el filme se cuenta la forma en que una familia de cuidadores ocupa la casa en la que trabajan cuando sus dueños no están. Dos hermanas y sus respectivos maridos viven allí en períodos determinados, sin saber que el personal de mantenimiento disfruta sus comodidades en el tiempo que se ausentan. El pintoresco trío conformado por padre, madre e hijo, duerme en las camas, nada en la piscina, utiliza la tv pantalla plana para ver dvd’s truchos y toma el vino de la familia. Y con esta simpleza en la trama, acompañada por una serie de gags muy efectivos y una brillante actuación por parte de todo el reparto, el trasfondo se torna complejo e invita a repensar ciertas cuestiones que hoy todavía están muy ligadas en la sociedad. ¿Quiénes son los dueños de ese objeto en pugna? ¿Mediante qué medios? ¿Y en realidad son dueños de qué? ¿Una casa, un territorio o un derecho? Clase baja contra clase alta, un choque muy elemental, pero tratado con mucha alturavy sin escapar a la discusión a conciencia sobre propiedad privada y relaciones de poder. Esta película no puede dejar indiferente al espectador.

Lo más notable es la puesta en escena, y el logro mayor es haber hecho que los espacios donde la acción se torna siempre compleja y tensa sea dentro de la casa en cuestión, y no en los alrededores. Incluso hay una escena en que el patrón arregla algo (que no diremos para no arruinarles la trama) con los peones, y lo hacen en un galpón, lejos de la casa, como queriendo evitar ese lugar. Los directores dijeron que esto nace de una idea inicial de que esta sea una obra de teatro:

Queríamos que sea en el campo. Iba a ser bastante difícil porque queríamos convocar a la gente del centro, subirla a un vehículo y llevarlos allá. Incluso la idea era que una vez allí puedan ellos ir de una casa a la otra, al galpón, los corrales, y así sucesivamente,” cuenta Agustín Toscano. “Cuando se transformó en película todo se volvió mucho más realizable.” Por suerte esa decisión se tomó, sino no se habría hecho la proyección por el 23 de junio y no habríamos podido dar comienzo a ese largo debate que seguramente dará lugar tras su estreno en las salas comerciales.


Metegol

Título: Metegol
Dirección: Juan José Campanella
Guión: Juan José Campanella, Eduardo Sacheri
Género: Animación, Aventura, Romance
Duración: 106 minutos
Orígen: Argentina, España
Año: 2013
Reparto: Pablo Rago (voz), Fabián Gianolla (voz), Miguel Ángel Rodriguez (voz), Horacio Fontova (voz), Marcos Munstock (voz), etc

¡Hay equipo!

Texto originalmente publicado en La Mirada Indiscreta

En el cine hay dos formas de recibir una película: como un estreno o como un acontecimiento. Metegol, la nueva película de Jota-Jota Campanella, está lejos de ser una más en la historia del séptimo arte argentino, por su costosa producción ($22.000.000), así que se inscribe más como un hecho sin precedentes que –esperemos- marcará un puntapié inicial para escalar posiciones en la tabla del mercado y (permítanme una alusión futbolera más) pasar a jugar en la “A”.

El director ganador del Oscar por El Secreto de sus Ojos pone todas las piezas en su lugar con una historia muy bien contada, hecha para todo público y de una factura técnica impresionante. La película es un triunfo desde el comienzo, con el homenaje a Stanley Kubrick, hasta los créditos finales musicalizados por Calle 13. Llena de gags muy bien puestos dentro de una estructura narrativa que, excesos más excesos menos, nunca se cae, esta historia animada va tomando forma épica a medida que se construye el relato central: un muchacho de pueblo que la tiene muy clara con el metegol y debe reunir al equipo para un gran reto personal, que termina significando mucho para todos aquellos que lo rodean.

Los personajes están muy bien construidos, cada uno delineado de una forma que logra empatía con el espectador, algo muy propio de un director que siempre se sintió cómodo armando un mundo en torno a un grupo de seres humanos que tienen objetivos en común. Campanella en sus películas siempre gusta de contar historias que son simples y hasta un poco superficiales, pero siempre mostrando que tiene muchísimo tacto para narrar todo con una calidad impecable, dándole credibilidad a todos los elementos. Ahora le toca dar vida a muñecos de metal, claramente inspirado en piezas clásicas de Disney, pero manteniendo  una marca regional que va desde modos de hablar de los actores hasta la musicalización rioplatense. Es difícil que el público no empatice con lo que propone J.J. con estos simpáticos jugadores miniatura.

También está su toque autoral: el amor dentro de la amistad, la pasión por una comunidad y las motivaciones humanas, todo dentro de una atmósfera de costumbrismo especialidad de la casa. Sólo que esta vez Campanella se anima a un poco más y brinda una cuota de magia que la película precisa para conectar con el público más joven. Ojo, eso para nada deja afuera a los más grandes. Hay para todos. Y tampoco deja afuera ciertas críticas a la generación actual, con sus imposibilidades para comunicarse y sentir más dentro de la parafernalia tecnológica.

Así como el padre no le puede contar a su hijo esta gran historia hasta que este último no esté preparado para imaginar, de la misma forma Campanella no podía hacer Metegol hasta que estemos listos para acompañar este salto de calidad. Y muchos pueden simpatizar o no con el cine de este señor, pero ya es cada vez más difícil negar que es un antes y un después en cuanto a realización local, por todo lo que está logrando para mostrar afuera lo que acá se puede hacer.

Ahora resta saber si esto quedará sólo como un acontecimiento anecdótico o si realmente la cinematografía argentina, con el impulso socio-político necesario y una industria que intenta consolidarse con debate y todavía mucho por trabajar, está dispuesta a hacer más golazos como estos.


Cesare deve morire

El arte libera

Texto originalmente publicado en La Mirada Indiscreta

Los hermanos Vittorio y Paolo Taviani venían de mucho tiempo sin hacer nada notable. Tras varios años haciendo productos menores y hasta algunos telefilms, reaparecieron con su majestuosidad cinematográfica en la Berlinale 2012 con esta película que reivindica el poder del arte para elevar el alma a un estado de libertad superior.

César debe morir transcurre en una cárcel de alta seguridad de Italia, donde los reclusos ensayan el Julio César de Shakespeare los meses previos al estreno en el teatro de la institución donde están presos. Con fotografía en blanco y negro, exceptuando la presentación final de la obra, los Taviani van poniendo la cámara en plenos ensayos, como aprovechando la escena teatral para un ejercicio cinematográfico refrescante y sumamente potente a nivel visual, que convierte el filme en una doble-obra, tanto desde el aspecto teatral como el de la película en sí misma, respetando magistralmente una sola línea narrativa en la que convergen varias ideas que dan poder a la imagen.

El valor del cuerpo como medio de comunicación de la dramaturgia está puesto en un lugar que pocas veces se vio en el cine reciente. La conciencia artística puesta en su más grande expresión, mediante el poder del cine y su raíz influyente más cercana, el teatro.

Se destaca la presentación de los personajes, un casting que dura casi diez minutos, pero que resume a la perfección la idea de mostrar la condición en la que se va a encarar la obra.

La más reciente película de los octogenarios cineastas italianos nos hace partícipes de cómo estos actores (que son prisioneros de verdad, a excepción del protagonista Salvatore Striano, ex convicto, ahora actor profesional) viven la actuación y la incorporan a sus vidas como una forma de olvidar el tiempo que llevan privados de la libertad. De hecho, en un momento uno de los protagonistas rompe la cuarta pared y se dirige a la cámara para pronunciar una frase fuerte y bellísima: “Desde que descubrí el arte, esta celda se ha convertido en una prisión.”


The Hangover Part III

Título: The Hangover Part III
Dirección: Todd Phillips
Guión: Todd Phillips, Craig Mazin, Jon Lucas, Scott Moore
Género: Comedia
Duración: 100 minutos
Orígen: Estados Unidos
Año: 2013
Reparto: Bradley Cooper, Ed Helms, Zach Galifianakis, Ken Jeong y John Goodman

Sobrios, pero aún re-sacados

Texto originalmente publicado en La Mirada Indiscreta

La Manada compuesta por Bradley Cooper, Zack Galifianakis y Ed Helms vuelve al ruedo por última vez para una película en la que no hay resaca, pero sí mucho descontrol, como en las anteriores dos entregas de esta trilogía dirigida por Todd Phillips. Nuevos personajes y un tono mucho más sombrío son los elementos más llamativos de un cierre a la altura del universo desmesurado que logró el maestro de las road movies.

En esta ocasión no hay fiesta, no hay casamiento, ni alcohol, sino un simple disparador emocional y psicológico en uno de los personajes, que empieza a desencadenar una serie de hechos bastante salidos de control, que no le escapan a las secuencias de acción y a un cine arriesgado desde la puesta en escena. Esta vez ya no importa el desempeño actoral, clave en el éxito de la primera parte, sino más lo que ocurre y lo que los altera. Los personajes son funcionales a una narrativa muy fluida, que va tomando color a medida que las cosas se ponen peores. En definitiva, una más de ¿Qué pasó ayer? como bien sabe hacerla Phillips y su “manada”.

Lo curioso es como esta vez no se centra todo en la comedia, sino más bien en lograr un clima y escaparle al género. Los elementos de un policial, acción, suspenso y obviamente todo lo que se necesita para una road movie, terminan siendo mucho más gigantescos que los gags, que son puestos a cuentagotas, con una sutileza ya característica de la casa. Y es sólo en estos tramos en que importa el arrollador trabajo que hace Galifianakis con su ya mítico personaje. Su inestabilidad emocional y su facilidad para tirarse a lo grotesco funciona a la perfección cuando se pone a dúo con el excéntrico Ken Jeong, el factor extremo que esta vez marca el tempo de la trama como nunca lo había hecho.

Y es ahí cuando todos los detractores de esta trilogía (los amargos que se toman demasiado en serio una serie de películas que ni siquiera lo intentan) deben callarse y apreciar la evolución que logró Phillips con el personaje de Mr. Chow. De villano en la primera, a ladronzuelo chistoso en la segunda, a criminal protagonista, todo coronado con la escena inicial del filme, la mejor forma de introducir la importancia que tendrá en esta última entrega.

A pesar de ciertos momentos de inverosimilitud ya vistos en la segunda, y algún dejo de nostalgia que se sale un poco de la propuesta jocosa, ¿Qué pasó ayer? Parte III tiene mucha risa garantizada para el espectador, y nuevamente no busca la grandeza. Se sabe poco solemne, aunque juegue un poco con eso, y mantiene el tono que la hizo memorable. No es mejor que la primera parte, pero sí se pone en un lugar privilegiado de la filmografía de Todd Phillips, para reafirmar su condición de director que sabe lo que quiere, sabe lo que hace, y cuenta historias con la simpleza y categoría necesarias para brindarnos un momento sumamente disfrutable.


jueves, 21 de febrero de 2013

Amour


Título: Amour
Dirección: Michael Haneke
Guión: Michael Haneke
Género: Drama, Romance
Duración: 127 minutos
Orígen: Austria, Alemania, Francia
Año: 2012
Reparto: Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert


El deterioro y la piedad

Michael Haneke es conocido por filmar el sufrimiento y trasladarlo al espectador con una pulcritud que sólo él sabe lograr en esta generación. Su cine es confundido por muchos desvelados con una producción tortuosa, cuando en realidad está más ligado a la búsqueda de emociones en los que se pongan frente a sus propuestas. Así nace Amour (2012) quizás una de sus obras más desgarradoras por la meticulosidad con la que filma (con una visión magistral) el deterioro del ser humano físicamente y en su interior.

La vejez, no ajena en un Haneke que ya llega a los 70 años a pesar de su actividad constante, se sitúa en un primer plano en el que se ponen a prueba los elementos que forjan eso llamado amor. La frase "hasta que la muerte los separe" es inevitable de traer a colación en esta ocasión, puesto que el eje principal del tema de esta película es cómo se transita ese sendero, esa recta final por la que todos y todas pasaremos en algún momento.

Como siempre, con su cine el austríaco no propone resolver todo frente a la cámara, sino mas bien instalar incógnitas o planteamientos, tal vez epifánicas preguntas (aquí queda a criterio de cada uno si eso es pretensioso o no) que den lugar a un constante revisitar de la propuesta. Quizás la más normal de las preguntas sería ¿qué es el amor? o ¿cuál es el verdadero amor?, así como también proponer una mirada crítica a los conceptos de piedad, dignidad y respeto como factores clave de ese amor que en Europa se da de una forma muy particular respecto al resto del mundo. 

La frialdad con la que Haneke hace sus películas aquí se ve impresa de forma paulatina, en un trabajo físico monumental por parte de Emmanuelle Riva, quien encarna a la protagonista en estado de agonía tras una parálisis del lado derecho del cuerpo. Del mismo modo, la transformación se ve reflejada (aunque internamente) por Jean-Louis Trintignant, marcando el polo opuesto del deterioro humano. Mientras Riva deja ver su destrucción exteriormente, el personaje de Trintignant va involucionando internamente a pesar de ser un férreo compañero para su moribunda esposa.

Se destacan dos escenas muy reveladoras para el mensaje del director de Funny Games y Caché en este nuevo opus. La primera, la anécdota (una de las tantas bellísimamente contadas por Trintignant en la película) del sentimiento que despertó en su personaje de Georges una película que vio en la infancia, de la cual no recuerda ni el nombre, pero sí lo que le inspiraba. Este es un claro ejemplo de lo que busca Haneke con su cine, su meta máxima como realizador cinematográfico (y operístico; también tiene esa fasceta), así como también sirve para ilustrar ese extrañamiento que empieza a surgir en la pareja en el estado actual (llámese vejez, enfermedad, o como se quiera). La segunda, la paloma como elemento externo a todo el relato minimalista e intimista de todo el film. Ese simple animal, intruso, propone las situaciones más pintorescas durante todo el film y hasta da lugar a situaciones tan tiernas como frías: un perfecto resúmen de lo que es en sí Amour en su totalidad.

Con un dúo descomunal complementándose a la perfección en pantalla (sólo apena un poco la sensación de estar demás que inspira la floja participación de Isabelle Huppert), una dirección brillante -nuevamente- por parte del director, y una histora crudísima que invita a preguntas muy profundas, esta aclamadísima obra de Haneke es una cita obligada de la temporada.


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