Mi documental "A Fanatic By Choice"

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lunes, 28 de marzo de 2011

Cuentito: Despertar

Él abrió los ojos lentamente, descubriendo lo imposible que resultaba no sentir frío. Estaba en posición fetal, desnudo y arrugado, pero arrugado por el agua. Se sentía recién nacido, y abrazaba una guitarra española que lucía andrajosa.

Tardó un rato en incorporarse, cuando cayó en la cuenta de que estaba en un lugar tan lúgubre como su pasado. Un dolor en el pecho era la señal de que algo andaba mal, y era inevitable no molestarse con esa gotera que resonaba en el lugar, con un eterno y constante "ploc, ploc" haciendo un eco aterrador y desesperanzador. Él miraba atónito: no podía creer que volvía a ese lugar al que alguna vez perteneció, porque soñaba con nunca regresar, porque creía en lo que la vida le había obsequiado.

Sus pensamientos se tornaron tensos, porque de a poco iba cayendo en la cuenta de que todo se había vuelto insosteniblemente real. La vida no tenía más sentido, pensaba. Él estaba ahí, despojado de ropa, así como de sentimientos alegres y ganas de levantarse. Pero el frío y la humedad del lugar lo apremiaban, porque, si bien no podía soportar un minuto más de respiración, ni soportar un latido gratuito de su corazón roto, sabía que dependía de él lo que venía.

Su barba le picaba; nunca lo había hecho. El cabello le pesaba; nunca había notado cómo lo tenía. Las manos se aferraban a la guitarra que envolvía, porque era el símbolo de que el pasado podía regresar. Su piel rozaba la madera que alguna vez sirvió de caja de resonancia para bellas y adorables melodías. Y su voz se oía fuerte: ella cantaba al ritmo de las cuerdas estrepitosas, y el corazón de su ejecutor se retorcía del dolor ante la idea de caer bruscamente de nuevo a ese presente hostil en el que se encontraba sumido.

Su cabeza no sabía qué hacer; el cuello sobraba. Su cuerpo no sentía nada, sólo un vacío interior que le quitó unos segundos de pensamiento frívolo: ¿Es el vacío, algo percibible? Si lo siento, ¿por qué se lo llama vacío? ¿Qué me llena en esta angustia? ¿Sus recuerdos?

La mirada perdida caía en la cuenta de una tenue luz que lo alumbraba desde arriba, muy arriba. El lugar lucía raro, como si fuera una alcantarilla vieja y abandonada, escondida en el subterráneo espacio de quién sabe que rincón del mundo.
Quiso levantarse... después se arrepintió. Quiso mirar hacia la luz... le dio pereza. Quiso sentir que podía sentir... no pasó nada. Él sabía que todo era en vano, porque al cruzar esa escalera que ahora lentamente se volvía corpórea en el inhóspito sitio en el que se encontraba cobijado, muerto de frío y de despojo, no habría nadie esperándolo. O al menos no quien él esperaba.

De pronto, las gotas se hicieron entender: no eran gotas, sino lágrimas. La oscuridad se hacía más clara: no era una alcantarilla, era su mente, o lo que había quedado de ella después de días de elucubraciones respecto a cómo se podía salvar lo insalvable, una relación que nunca perduraría, porque uno de los dos no tenía interés en hacerlo. Y él sabía que sí lo había intentado.

La escalera se veía pequeña y corta... pero no era una escalera, sino su expectativa de seguir. Y la guitarra... la guitarra. No era una guitarra: era sólo una imagen más, de tantas en el penoso recuerdo de su melodiosa vida soñada, y ahora olvidada y destruida.

Lo que lo rodeaba era su hogar. Su nuevo espacio. Su nueva concepción de la existencia. Todo se había consumido en un eterno sinsabor ante la mera presencia de su bello rostro en la memoria inmediata. Qué bello rostro... y nunca volvería a ver uno igual. Sólo se quedaría allí, abrazando el recuerdo, y quedándose a la espera de la hora de la lactancia.
Se había convertido en lo que ya no quería ser: debía volver al orígen, al seno, al resguardo. Ya nada de eso importaba: ella lo había dejado, y todo se derrumbaba lentamente a su alrededor, entre quejidos y esos recuerdos, recuerdos que nunca más se irían.

viernes, 16 de abril de 2010

Cuentito: Comienzo de otoño

Manejo mi propio taller mecánico, gracias a Dios, desde el año en que cumplí los veinte y la vida se llevó a mis padres en un lapso de nueve meses. Primero fue mi padre, Aurelio, que no soportó el cáncer de garganta y terminó siendo acompañado meses más tarde por su amada Melina, que se entregó a la tristeza y el dolor de no tener más consigo al hombre que le dio todo en sus casi veinticinco años de casados.
Pero no quiero contar mi historia de vida, ni la de mis padres, que en paz descansen. Les quiero hablar de un episodio que tengo en la memoria desde hace bastante (ya no recuerdo cuánto tiempo pasó) y que no me permite pegar un ojo desde entonces.

Yo vivo en un barrio muy tranquilo, donde todas las casas son iguales, exceptuando las flores del jardín de la señora Fernandez Casal, pero bueno, no voy a hablar de su atractivo jardinero tampoco... Como les decía, una tarde me encontraba yo trabajando, como siempre, en la monotonía de mi taller, del monótono vecindario en el que vivo desde hace ya sesenta largos y monótonos años, cuando, como siempre, el pequeño Tomás se sentó en el cordón de la vereda con sus dos camioncitos y ese muñeco del astronauta de esa película de juguetes que nunca recuerdo el nombre. Ese muchachito era increíble. Su imaginación era insólita para alguien de su edad (calculo que tendrá nueve o diez años). Él siempre venía a hacerme preguntas sobre tecnicismos mecánicos, como, por ejemplo, si se podía construir una nave espacial con elementos de un taller, para viajar a la estratósfera en una cápsula como la de la perra Laika. También me preguntaba cosas como si el metal resiste el cambio a la gravedad cero, o si yo era capaz de construirle un tanque de helio. El chico realmente quería hacer volar su muñeco.
Yo, por supuesto, le contestaba acorde a la ingenuidad de los chicos de su edad. Pero nunca me imaginé que él podía llegar tan lejos. Insisto, el quería hacer volar su muñeco a toda costa. Cueste lo que cueste.

Nunca voy a olvidar aquel 20 de marzo. Ese otro chiquito, Arturo, hijo de padre militar y madre fisicoculturista, se le acercó a Tomás, eufórico, comentándole que habían encontrado algo con Dalila (otra niña del vecindario) en la zanja del señor Harrison, un gringo que nos cobra para que podamos tirar nuestra basura en el pozo que tiene en el patio trasero de su casona vieja y destartalada. Juraría que Tomás me miró de reojo por una milésima de segundo antes de responderle a su amigo y salir corriendo hacia lo del viejo Harrison, al final de la calle Piedras Blancas, en el fondo del barrio.

Era de siesta. Aquí siempre se durmió desde después del almuerzo hasta la hora del té, por que es un barrio privado, y la gente de oficina trabaja de día y descansa el resto. Como yo mantengo (o mantenía) mi taller abierto todo el día, porque de eso vivo, era el único del barrio que conocía la vida 'siestera' de la zona, así que -como se imaginarán- ¿a quién regañaban las madres si sus mocosos traviesos se metían en problemas o les pasaba algo? Por supuesto, al viejo Joaquín del taller mecánico. Por cierto, se preguntarán qué hace un taller mecánico en un barrio privado... esa es otra historia, pero les advierto que mis padres llegaron primero.

Como les decía, estos chicos salieron corriendo a toda velocidad, gritando sobre su gran hallazgo. Hay dos cosas que no pueden terminar bien por aquí: una, que tres niños encuentren algo en esa zanja podrida; y dos, que un niño con las ambiciones delirantes del pequeño Tomás sea uno de esos tres. Así que crucé la calle y toqué el timbre de la señorita Crauss, para advertirle que su hijo se fue por ahí con el perturbado Arturito y la prematura Dalila, hija de una streaper y un padre ausente. Me atendió la mucama, diciéndome que los padres de Tomás habían salido un momento, y que les haría saber de la travesura de su hijo. Yo le pregunté qué demonios hacía ella que no cuidaba del mocoso, cuando me cerró la puerta en la cara, no sin antes escupirme un enfadado "no soy niñera".

Con todo el tedio del mundo, tuve que perseguir a los tres chiquillos para asegurarme de que no les pase nada. No porque les guarde cariño (jamás, después de lo que me hicieron), sino porque no quería cargar con la culpa en el caso de que les pase algo que yo podía evitar. Me dirigí hacia la casa del viejo Harrison lo más rápido que el dolor de espalda me permitió (aún así soy muy rápido, ¿saben?). Noté que la puerta de entrada estaba abierta, así que fui directamente a hablar con él, ya que supuse que ante esa circunstancia los chiquitos no andarían metiéndose donde no corresponde. Golpeé las manos y él salió.
- Ey, Harrison, ¿no ha visto a tres niños jugando por aquí? - le pregunté, elevando la voz por su zordera arrastrada desde Vietnam y su flojísimo castellano.
- No... no visto niños - me respondió, indiferente.
- OK, gracias, hasta luego - dije, como para concluír la charla lo antes posible. Y de ahí decidí no hurgar en su zanja y volver a mi taller, que tontamente había dejado abierto ante el repentino acontecimiento.

Cuando volví, el taller estaba cerrado. Yo no recordaba haberlo hecho. Fui hasta mi casa (que queda unos metros a la derecha del taller) y noté que había barro en la entrada, así que temí lo peor. No es que sea miedoso, para nada. Es que a mi edad no se puede lidiar con ladrones, y mucho menos con unos pequeños maleantes.
Al entrar a la casa, oí pasos en la cocina, lo que me asustó aún más, porque confirmaba mis sospechas. Me quedé quieto buscando algo con que defenderme, divisando el fracaso ante la lejana opción de un paraguas. Caminé silenciosa pero rápidamente hasta la puerta de la cocina, donde estaba el paraguas colocado en un sesto. Con total cuidado comencé a asomar mi mano para retirarlo, cuando ante mí apareció una muchacha desnuda y con una máscara de gorila, riendo socarronamente. Ante semejante susto, caí hacia atrás y me golpeé la cabeza con el suelo, mientras ella bailaba una danza exótica y reía con sorna. A lo lejos, otras voces reían a los gritos y ruidos de herramientas se escuchaban claramente. Ahí entendí todo: era una maniobra de distracción para robar mis cosas del taller. Seguramente ese malnacido de Tomás lo había planeado todo con Arturito, y la mocosa desnuda ante mí era Dalila. Ella salió corriendo al ver lo rápido que me incorporé y salí a toda velocidad rumbo al taller para atrapar a esos bándalos. Pero se habían escapado por la ventana que da a mi patio trasero, riendo con mi caja de herramientas en mano, y Dalila cubierta con un toallón que Arturo le tenía preparado.

Llamé a la policía y luego fui a buscarlos a sus casas, pero no había nadie. Ni siquiera la mucama en lo de Tomás. Al volver a mi casa me di cuenta que habían entrado otra vez, pero esta vez para robarse el paraguas. La ira no me permitió hablarle con claridad al oficial, por lo que no tomaron en serio mi denuncia e incluso insinuaron que debía descansar mejor porque trabajo demasiado.
- Los vamos a vigilar... - me dijeron. Pero yo sabía que no era así. Son hijos de personas muy pudientes, exceptuando a Dalila.

Esa noche, cuando fui a dormir, no me los podía sacar de la cabeza. ¿Cómo una niña de 12 años puede tener ese cuerpo? ¿Cómo niños tan pequeños planearon todo eso? ¿Y por qué contra mí, y de esa forma tan macabra y perturbadora? Mi estupefacción no me permitió notar que, unos segundos antes, una muchacha con la máscara de gorila estaba parada en el umbral de la puerta de mi dormitorio. Asustado, me paré y me dispuse a perseguirla con un cenicero en la mano, sin reparar en nada. Al salir al pasillo, la vi bajando las escaleras hacia mi taller. Me detuve. Pensé que quizás estarían robándome otra vez, así que decidí llamar a la policía. Fui hasta el teléfono, pero lo encontré desconectado, con los cables rotos, y una notita que decía "ESTA VEZ NO".
Ya no cabía en mí mismo. Esos chiquitos estaban dementes. Me dieron palpitaciones y comencé a sudar en frío. Caí de rodillas, con un fuerte dolor en el pecho, y no pude hacer nada para evitar que un muchachito pase corriendo detrás de mí con una bolsa llena de más herramientas, y luego otro -tal vez Tomás- con una lata de pintura. Me desmayé.

Al día siguiente, en el patio de los Crauss, ese estúpido astronauta salió despedido de una catapulta. Se elevó unos treinta metros de manera espectacular, y lentamente descendió amortiguando su caída con la tela y los rayos de un paraguas negro y grande. Mirando a la nada con esa sonrisa petulante, caía lentamente junto con las primeras hojas de los árboles que sucumbían ante el cambio de estación.
Esa mañana, el médico dijo que no me altere más, y me aseguró que todo lo que yo había "soñado" me había causado una conmoción muy grande, pero no llegué al infarto. Sin embargo, a la altura de mi ventana acababa de pasar la prueba de que lo que me ocurrió no fue ni un sueño ni una pesadilla. Tampoco las siguientes noches, que siempre me amagan con ser imaginadas pero terminan materializándose en la espantosa (y muy real) risa burlona de la muchachita que se asoma por la puerta para comprobar que estoy durmiendo. Mi taller se vacía cada día un poco más, y yo me encuentro incapacitado para trabajar, por lo que el municipio me paga una jubilación prematura. ¿Cómo nadie se da cuenta de lo que esos mocosos hacen conmigo? ¿Cómo nadie nota lo llena que está la zanja de Harrison?
Juraría que Tomás me miró de reojo aquella tarde. Juraría que mis padres llegaron primeros a este vecindario. Juraría que otra vez acaba de asomarse por la puerta esa muchacha... ¡Odio su risa!

martes, 5 de enero de 2010

"Los pies salidos de la cortina"


El maldito gato, embustero y calculador, no emitió ni un sólo sonido la noche en que María y Pedro se dignaban a limpiar el baño recién terminado de "reconstruir".

A Pedro todavía le retumbaban en la cabeza las quejas de su esposa: "que bueno sería tener bañera"... "los azulejos cada día me gustan menos"... "la mampara es imposible de limpiar"... "sale poca agua de la ducha". Pero por suerte todo eso había quedado atrás, y ahora ante sus ojos se erigía una preciosa bañera, acompañada con unos azulejos verde nacarado brillantes y embelezadores. Si a eso le sumaba el hecho de que se animaron a sacarse un ojo de la cara para el sistema de hidromasaje, era el baño de sus sueños, digno de envidia por cualquier revista de moda que María guardaba debajo de una mesita ratona que en ese momento Pedro no recordaba dónde estaba ubicada.

La casa de los Llamosas no era muy grande. Tenía un patio bien ancho que cubría toda una extensión de césped que rodeaba la casa, que más bien era una cabaña gigante. A María siempre le habían gustado las casitas al estilo Suiza que había visto en su luna de miel, hacía 7 años atrás. Todo parecía tan lejano con el nuevo baño, que la euforia por la casa nueva había quedado archivada en las emociones correspondientes a los dos años anteriores a la noche en que los ruidos inundaban la cuadra.

"Los ruidos"... eso perturbaba a Pedro. Pero María estaba tan ansiosa por sorprender a Micaela y Samanta, sus dos mejores amigas y vecinas, que pidió expresamente cerrar las cortinas y apagar la luz de la galería delantera para que no hayan sospechas de actividad estilística que implique una renovación en el aspecto de una de las casas más codiciadas del barrio Los Laureles.
"En realidad, no había pasado mucho tiempo desde que empezó el bochinche", pensó Pedro. Ahora que lo notaba, no hacían más de veinte minutos desde que le pareció escuchar algo en la televisión, similar a una risita cómplice, para luego darse cuenta que el aparato estaba apagado al ir a corroborar la procedencia del sonido. Ni hacían más de diez minutos desde que la vereda había empezado a tener mucha concurrencia, y que, de hecho, hasta le pareció que arrojaron cosas hacia su patio lateral (una suerte de garaje improvisado en los días sin lluvia).

Pero eso no importaba. El baño. El baño. María rebosante de alegría. La bañera rebosante de agua, y María insinuando probarla juntos, con un champagne y un buen baño calentito ni bien terminaran de limpiar el enchastre que habían hecho los albañiles al terminar de colocar el nuevo inodoro (ya que estaban, la hicieron completa, porque no iban a dejar ese Traful viejísimo que vino con la "choza", como le decía María). "Eso. Hay que celebrar", pensó Pedro, a quien la idea de pasar la noche en la bañera con su esposa lo atraía tanto como la primera vez que habían estado juntos cuando eran novios: en una bañera.

La cabeza del matrimonio estaba en cualquier parte, cuando por fin el gato se movió. Dio un leve saltito para cruzar la pila de libros de Física que horas atrás Pedro había dejado tirados para ir a ayudar a María, que se encontraba en aprietos con el mueble que iba encima del lavabo. Luego rodeó la mesa del comedor; la cocina; pasó por al lado de la heladera; hasta finalmente pararse frente a su más entretenido espectáculo de esa noche: las cortinas.
De un verde musgo intenso, elegidas por María, por supuesto, las cortinas reposaban como vigilantes del comedor y el living, altaneras y gruesas, capaces de cobijar al gordo gato de cara chata en esas noches de invierno que la casa no soportaba por su estructura de madera.

Quién se iba a imaginar que las cortinas eran el motivo del despelote que había afuera. Quién se iba a imaginar que el gato era cómplice. Quién se iba a imaginar que si no fuera por las cortinas, el gato nunca se hubiese percatado de que afuera había un boicot contra su empresa. Aún así, no dijo nada. Y con una sonrisa animalezca y maliciosa dirigió la mirada a los zapatos marrón caqui que aguardaban frente a él, impasibles.

- Bueno, que se callen o salgo y los cago a tiros - dijo Pedro, medio en broma, medio en serio. - No soporto ese quilombo que están haciendo. ¿Es San Patricio o qué? Pareciera como que están todos en pedo, gritando y cantando. Y encima nos tiran cosas parece, ¿viste amor? - le preguntó a su señora.
- Si, pero no les des importancia. Deben ser los hijos de Diana, que están de cumpleaños o algo así. ¿Cómo se llama el más grande? ¿Augusto? Ése es un borracho - dijo María, fregando sin cesar el suelo nuevo pero inmundo.
- Agustín - contestó Pedro con el ceño fruncido, queriendo asomarse por la ventanita que daba respiro a la nueva bañera, justo encima de ella, y a unos centímetros del techo.
- Salí de ahí ya mismo, Pedro Llamosas. No me hagas enojar. ¿¡Qué te dije!?. ¡No mostremos lo que estamos haciendo! Si fui clarita, ¿o no? - lo reprendió María.
- Si si, perdón... pero me están hinchando las pelotas, la verdad - dijo Pedro, obedeciendo a su señora y alejándose de la ventana.
- Dejálos y vení a ayudarme mejor, que bastante trabajo tenemos.

Se pasaron las siguientes dos horas terminando de limpiar el que sería el centro de poder y lujuria en las próximas tres o cuatro noches, sin reparar en que el gato pasó seis veces delante de la puerta; dos jugando con una pelota de goma que Tomás, el sobrino de María, se había olvidado en su visita del día anterior. La pelota, al desgarrarse por completo, hizo un ruido espantoso que despertó la curiosidad de María. Pero Pedro le recriminó lo mismo que a él le habían obligado a dejar, así que todo siguió igual.

Por supuesto, no pudieron evitar hablar de la escalofriante noticia del asesinato triple que todos los noticieros regionales pasaron en la mañana. Se trataba de una familia -papá, mamá e hijo de nueve años- sorprendida en su casa por un asesino -actualmente prófugo- que se había pasado todo el día oculto debajo de la cama del matrimonio, acabando con ellos por la tarde del día anterior al del baño nuevo y el gato intruso. Porque ese gordito peludo era un intruso, y la policía también estaba pendiente de él. Pero Pedro y María no se iban a imaginar que el gatito se había escondido en su casa, aguardando el signo para dar la campana de salida a su dueño.

- ¿Un gato adiestrado? Ja ja, por Dios, lo único que me faltaba. Termino esto y me voy a dormir - había escupido Pedro después de ver la noticia, olvidando por completo que había un baño para apreciar.

A María no le asustaban las historias de asesinatos. De hecho, eran sus preferidas. El asustadizo era Pedro. Por eso cuando se hartó de oír a los estruendosos artefactos golpear contra su casa, se levantó sin dar cuenta del salto que había dado su esposa, para dirigirse inmediatamente a la galería de su casa con la idea de agarrar el palo de amasar y romperle la cabeza al mal nacido que esté causando semejante caos en una noche tan especial para él y su compañera. Recorrió el pasillo (el gato se quedó detrás de él, quietito, sorprendido ante el repentino e inesperado movimiento de su presa), llegó a la sala de estar, se asomó por la ventana, y vio como cinco o seis personas imposibles de reconocer se llamaban entre sí, señalándolo a él. Como si hubiesen estado esperando que alguien apareciera por la ventana para verlos. Uno de ellos, aparentemente hombre, de avanzada edad, comenzó a hacer señas con los brazos, agitándolos frenéticamente mientras el que estaba a su lado señalaba el otro costado de la casa, como queriendo mostrar algo.
"Qué imbéciles", pensó Pedro, achicando los ojos para distinguir a sus vecinos: Raquel, Mario, Andrés, el viejo que nunca se acordaba el nombre pero que una vez le había mostrado una foto que se sacó con un pez de un metro y medio de estatura, recién pescado, y el muchacho del almacén de la esquina... Enrique.

Es que el tipo que unos instantes después, y luego de acercarse sigilosamente por detrás, le partió la cabeza a Pedro con un martillo mientras éste escudriñaba la vereda, no se había percatado de que el lugar elegido para esconderse era una suerte de ventana falsa que sobresalía de la casa, mostrando su interior a los que pasaran por la vereda, curiosos o alertas de alguna nueva idea estrambótica que se le ocurriera a la diseñadora de interiores, María del Carmen Espíndola de Llamosas, ahora -a segundos del brinco que pegó en la bañera- viuda.
Esas cortinas que ella cerró tajantemente durante los días anteriores, sin reparar en la ventana abierta, con el afán de no develar el misterioso baño ni a Micaela ni a Samanta, fueron las que cobijaron al gato esa noche. Y las que durante todo el día ocultaron al que después, aprovechando el estruendo y anticipando que la dueña de casa iría a investigar qué había pasado con su esposo, se ocultó en la cocina, para luego atizar un sorpresivo golpe seco y frontal con el martillo, directo al cuello de María, quien sólo alcanzó a ver por unos segundos los pies inmóviles de su marido en el living, para después ser tapada por un manto negro que todo lo oscureció, mientras el gato se acercaba a lamer la sangre que ahora decoraba el suelo de la casa.

PM

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